
Los orígenes de las fiestas navideñas vienen de antiquísimas costumbres por celebrar el pagano solsticio del invierno (que cae sobre el 21 de diciembre). Para muchos, el día más corto del año era el nacimiento o renacimiento del Sol, pues a partir de esa fecha parecía lógico pensar que el dios se iba haciendo más viejo conforme los días se hacían más largos. Los griegos consagraban estas fechas a Apolo, los romanos a Helios, los persas a Mitra y los aztecas a Tenochtitlan. Así que los ateos tenemos excusa para dejarnos arrastrar.
Parece que los primeros cristianos tomaron la fiesta romana como referencia para situar el nacimiento de Jesús, y por ahí siguió la historia. En el Concilio de Nicea en 325, la Iglesia Alejandrina ya había fijado el 25 de diciembre.
En tales fechas, los romanos tenían por costumbre retrasar todos los negocios y guerras, hacer intercambio de regalos y liberar temporalmente sus esclavos. Según ésto, algunos me concederán que ahora somos algo menos hipócritas, en algo hemos mejorado.
A pesar de todo, algunos historiadores mantienen que el nacimiento de Jesús fue hacia la primavera.
(precioso panorama de Faros del mundo, que tomo prestado)


1 comentario:
Nunca había pensado en que, como ateo, pudiera celebrar algo en estas fechas. Gracias, aunque no me siento muy seguro de ello.
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